No por una flecha,
sino por cuatro.
La primera atravesó la pata que caminaba hacia mi hijo.
Durante años busqué su rastro entre los árboles,
escuché su nombre en el viento,
lo soñé en el agua de los ríos.
Y cuando por fin llegó,
el bosque entero tembló.
Ahora esa pata sangra
con la ausencia de alguien
a quien amé antes de conocer.
La segunda hirió la pata que conocía el camino de regreso a casa.
La voz de mi madre era un sendero antiguo,
una vereda marcada por generaciones.
Hoy miro hacia atrás
y el sendero ya no está.
Llamo entre los árboles
y sólo responde el eco.
La tercera alcanzó la pata que sostenía mi vida conocida.
El refugio.
La costumbre.
Los años compartidos.
Aún quedan paredes,
aún quedan recuerdos,
pero el suelo bajo mis pezuñas
ya no es el mismo.
Y camino sobre una tierra
que dejó de reconocerme.
La cuarta fue la más extraña.
No llegó como una flecha enemiga.
Llegó envuelta en ternura,
en promesas,
en tardes caminando bajo cielos inmensos.
Llegó con el rostro del amor
y salió con el rostro de la pérdida.
en algunas hojas del bosque.
Todavía recuerdo
la alegría de correr.
Y eso también duele.
Ahora estoy aquí.
Un venado con cuatro patas heridas.
Ya no corro.
Ya no salto.
Ya no sé hacia dónde voy.
Las noches son largas.
El miedo se sienta a mi lado junto al fuego.
A veces lloro por lo que perdí.
A veces por quien fui.
A veces por quien nunca llegué a ser.
Pero esta mañana,
mientras el sol nacía entre los árboles,
dejé caer algo al suelo.
No fue el amor.
No fue la memoria.
No fue la tristeza.
Fue el rencor.
Porque pesaba demasiado.
Y descubrí que mis heridas ya eran suficientes
sin cargar también esa piedra.
No sé cuánto tardarán en cerrar.
No sé qué clase de venado seré después.
No sé si volveré a correr por estos mismos caminos
o si el bosque me llevará a otros.
Y mientras respire,
aunque sea temblando,
aunque sea despacio,
aunque sea sobre cuatro patas heridas,
seguiré perteneciendo a la vida.
























